Parecía demasiado bueno como para ser realidad.
Cuando el
magnate estadounidense Wilson C. Lucom falleció en el 2006, le dejó el
grueso de su fortuna a una nueva fundación dedicada a alimentar a los
niños pobres de Panamá, no a su viuda panameña --una mujer con muchas
conexiones políticas-- ni a los hijos de ella.
Era una de las donaciones caritativas más grandes en la historia de Panamá.
El
regalo le llamó la atención a personas que conocían a Lucom, un anciano
de 88 años que no tenía hijos y que nunca había hecho donaciones a esa
causa, sino más bien a causas políticas conservadoras. Pero allí estaba
su testamento, en blanco y negro, y se nombró al abogado de la Florida
especializado en cuestiones impositivas Richard Lehman, amigo de Lucom
por más de tres décadas, para que supervisase la sucesión y pusiese en
marcha un proyecto para plantar vegetales para alimentar a los niños
pobres.
En los cinco años que pasaron desde que falleció Lucom,
sin embargo, no se ha plantado una sola semilla ni se ha alimentado a un
solo niño, pues el testamento está siendo cuestionado en los
tribunales, en una batalla legal internacional que incluye denuncias de
asesinato, extorsión, difamación, soborno de jueces, fraude y robo.
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