Hace cinco años, un grupo de mujeres de Palmar Grande, una empobrecida
comunidad del municipio Altamira, en Puerto Plata, decidió echar a un
lado su rol de amas de casa, limitado solo a labores domésticas, para
dedicarse a producir dinero y así mejorar las condiciones de vida de sus
familias. Aquel “ya basta” a la resignación de cocinar, lavar y atender
a sus maridos, sin contribuir desde el punto de vista económico al
sustento de sus hijos, se produjo en el 2007.
Hasta ese año,
estas valientes campesinas desconocían otra “entrada” a los ingresos
familiares que no fuera la que sus esposos llevaban a casa al final de
la jornada. “Ahora somos empresarias”, expresan, cual si se tratara de
un ensayo de poesía coreada. Y no exageran al decirlo.
Estas
mujeres son las responsables de una pujante fábrica de chocolate,
enclavada en una localidad donde la gente vive de “echar días” en fincas
de cacao, del motoconcho y, los más desafortunados, sobreviven de la
“gracia de Dios”.
Todo empezó cuando al suizo Erich Roesli se le
ocurrió pasearse por Palmar Grande y compartir su experiencia como
fabricante de chocolate.
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