Te sirves una deliciosa cerveza, la dejas demasiado rato sobre la mesa y ya no hay quien se la beba. Se ha calentado y tiene un sabor rancio muy desagradable. La cerveza se pone mala con rapidez a temperatura ambiente, pero la causa de ello no es el calor, sino la luz.
La cerveza caliente no nos es especialmente agradable porque culturalmente estamos acostumbrados a las bebidas muy frías o frescas, pero el aumento de la temperatura no es lo que la hace ponerse rancia. El sabor a podrido de la cerveza pasada lo causa la luz. La radiación ultravioleta (especialmente la que proviene del sol) provoca que parte del lúpulo se degrade, dando lugar a moléculas de sulfuro.
En Cooks Illustrated hicieron la prueba calentando cerveza a 85 grados y luego enfriándola otra vez varias veces pero con un matiz. El proceso siempre tuvo lugar a oscuras. El resultado es que el sabor apenas variaba. Sin embargo, basta un buen rato bajo el sol para que ya no sepa igual incluso aunque siga fría.
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